miércoles, mayo 20, 2015

A menos de medio camino de casa



Y poco a poco
me reconcilio
con mi cuerpo

De tanto en tanto
vuelvo a mirarlo
con cariño,
dejo de odiarlo
un momento
y lo quiero
tal cual es.

Como antes.

Aceptarlo
de nuevo
es aceptar
tu ausencia.

Permitir que lo abracen de verdad,
abrazarte.

Mostrarlo
es decirle al mundo,
aquí estoy sin ti.

Empieza a no asustarme
ver el rastro
que han dejado en él
las cosas
más importantes
que me han sucedido.

Tu cáncer.
Ser madre.
Morirte.

Año y pico
de duelo,
de insomnio,
de llorar.

De esquivar los espejos.

Y ahora veo que mi contorno es otro.
Y que tengo marcas en la piel.
Y surcos pronunciados.
Y la espalda y los hombros
siempre encorvados.

Todo explica
al fin y al cabo
el sufrimiento.

Lo alejada
que he vivido
de mí.

Pero en este
punto de no retorno
en el que estoy,
       –a menos de medio camino de casa–
la felicidad,
o quizás la paz,
o tal vez la vida,
       –como se quiera llamar–
empieza a ser
un desenlace
inevitable.

Y tengo ganas.




miércoles, marzo 18, 2015

Notas



(Dos meses antes)


Pese a todo lo malo
nos reímos.

Y ya sé
la diferencia
entre hematíes,
plasma
y plaquetas.


---


(Semanas antes)


Anoche, de madrugada,
pillé en la tele
la película
Sobreviviré.

Te miré
mientras 
dormías.

Mi vida también
será un drama
dentro de poco.


---


(Días antes)


Por fin
he ordenado la ropa
-abajo las cajas de invierno,
arriba las de verano-
y he fingido delante de ti
como una auténtica actriz.

Sé que es el último
cambio de armario.


+++


Entran en plena noche los enfermeros de la ambulancia.

Al ver los cuadros, cuentan que son fans de Paula Bonet.

En la calle nos bloquea el paso el camión de la basura.

Dos basureros guapos como estrellas de cine nos dejan pasar.

Un camillero con un peinado imposible nos sube a urgencias.

En la sala de espera, miro a una señora con juanetes y camisón de flores.

Durante la transfusión escuchamos una conversación surrealista.

Duermo un poco en una silla que he robado sin soltarte la mano. 

Nos mandan a casa y noto como si tuviera resaca.


---


(Horas antes)


Salgo del hospital
como una flecha
a las cinco de la madrugada.

Tengo mucho miedo.

Voy a casa
a ducharme muy, 
pero que muy, 
rápido
y volver.

No quiero que despiertes
y no me veas.

No quiero que mueras
y yo no esté.

En el taxi
suena
Hey Jude de los Beatles
a la ida.

Y Don’t worry, be happy
a la vuelta.


---


(Días después)


Aún tengo atragantados
los bocatas de jamón 
del Clínico.

No podré tomar Cola Cao
ni ver Mad Men nunca más,
ni tantas cosas que son 
demasiado nosotros.


+++


Antònia Font
se ha separado.

Voy a apuntar 
todo lo que te estás perdiendo
para que no se me olvide
contarte nada.


+++


¿Y dónde meto el amor
que no te puedo dar?


---


(Semanas después)


Odio que me hagan fotos.

No quiero que quede constancia
ni tener recuerdos
de esta época.

Me gustaría borrarla.


+++


Voy a ser perfectamente imperfecta.


+++


No sabía que las células tienen memoria.

Han empezado a añorarte antes que yo.


+++


Hoy he pasado
por el piso de la calle Vic,
donde comíamos quicos y pepinillos
viendo capítulos de Lost.

Desayunábamos en la terraza
en cuanto llegaba el calor.

Escribí artículos, reportajes
y poemas en pijama.

Tú preparabas muchas ensaladas.

Paseábamos al perro en chancletas
y los jueves nos esperábamos
en el bar de la esquina
para tomar cervezas.

Y aunque antes de que yo llegara
te habían hecho llorar
y te dejaron solo,
lo cierto es que,
en el piso
de calle Vic,
conmigo,
fuiste muy feliz.


---


(Dos meses después)


Siento con el cerebro
y pienso con el corazón.


+++


En una exposición 
de Sebastiao Salgado
me encuentro
como en casa.

Rodeada
de albatros errantes
con cabeza negra
y ceja gris.

De pingüinos barbijo.

De leones
y elefantes
marinos.


---


(Muchos meses después)


Me ha venido
de repente
la palabra
“hematocrito”.

Debo tener auto reverse.


---


(Un año después)


Todo está 
iluminado
con la luz 
del pasado,
lo dice Alex
en Trachimbrod.

No paran de brotarme
pensamientos mágicos,
como le sucedió a Joan Didion.

Y tu recuerdo,
igual que el alcohol
en Shotgun lovesongs,
se ha convertido en mi amante, 
en mi canción de cuna, 
mi aguja y mi almohada.

Estamos solos,
en una longitud de onda
única para nosotros.


---


(Más de un año después o hace poco)


La psicóloga me lo pregunta.

Si pudiera escoger.

¿Te conocería?
¿Te hablaría?
¿Te besaría?
¿Me enamoraría?
¿Me iría de vacaciones contigo?
¿Me mudaría?
¿Me casaría?
¿Tendría un hijo?
¿Lucharía un cáncer?
¿Sufriría por ti?
¿Lloraría?
¿Te perdería?

Sí, claro.
Sí, quiero.

Te volvería a vivir.

Aunque ya me sepa el final
y no se pueda cambiar.

Por ti me dejaría partir
–el corazón, el alma, las piernas–
una y cien veces más.



viernes, enero 09, 2015

Je suis Charlie, moi aussi



Una noche
cualquiera
Nicolás cena
viendo sus dibujos
favoritos

al otro lado de la pared
estoy llenando el lavaplatos
mientras pienso en el día
en el que todo no me hable de ti

en el que no vea tus iniciales
en cada matrícula
que me cruzo por la calle
ni salga tu nombre
en los titulares
de todas las noticias

en el que no necesite
poner a cada hecho
y a cada objeto
la etiqueta de "antes"
o "después" 

en el que cambie
las tabletas de chocolate
por abrazos de oso
y no salte de la cama
con taquicardia
para atiborrarme
de valerianas

en el que deje
de estar tan convencida
de que lo mejor
de mi vida
ya ha pasado

en el que nuestra historia
no parezca una película
que vi hace diez años
y no me monte secuelas,
una detrás de otra,
en la cabeza

en el que no sienta
que se me transparenta
el dolor a través de la piel
y sin ser consciente
se me olvide 
esconder las cicatrices

pero sobre todo
pienso en el día
en el que desaparezca
esta sensación
que me persigue
de que voy a quedarme
para siempre
con las ganas

y desde la cocina,
sartén en mano,
escucho algo
que interrumpe
mi monólogo interior

Algunas cosas
se van y no vuelven,
como los globos.

Pero nada te impide
jugar con tus amigos.

Sólo tienes que
ir a buscarles.

Maldito Pocoyó.
Qué razón más grande.




*Dedicado a mis Nico's Friends

martes, octubre 28, 2014

Detrás de las nubes



El primer bocado
lo di en el Empordà
y no paré de morder los días
hasta llegar a la costa 
más al sur de la Península
donde engullí
lo último que quedaba.

Me costó el peor
de los empachos,
pero me tragué el verano
de punta a punta
y sin masticar.

Cerré los ojos
y fueron pasando,
uno a uno,
sus treinta y cinco soles
y sus treinta y cinco lunas,
litros de agua de piscina,
del mar y del océano,
diez kilos de arena fina,
siete de arena gruesa,
cincuenta y ocho mosquitos, 
una abeja,
seis horas de tramontana,
dos o más de levantera,
tres camas individuales
y cuatro vuelos en avión.

No es que quisiera huir
ni que buscara nada
ni que pretendiera encontrar 
algo de lo que me falta,
sólo tiré los dados 
tantas veces como pude,
–mover ficha y despistar–,
para lograr que mis piernas,
por una vez,
fueran más rápidas
que mi cabeza
y dejar de acumular 
tantas preguntas
sin respuesta.

Durante un mes, 
funcionó.

Pero al regresar 
a nuestra casa
todos los interrogantes
que había abandonado
sin piedad
me esperaban agazapados 
como facturas urgentes
tras la puerta
y se sumaron
a los que traía
de regalo
en el bolso
y las maletas.

No me quedó más remedio 
que pagar
mis deudas
bajando la mirada
con vergüenza,
admitir que fui cobarde
y dejarme atar en una silla
con la luz de un flexo
apuntándome a la cara
las siguientes tres semanas.

Estuve muy quieta,
abrí mucho los ojos,
pero ni así pude responder
a nada de lo que me preguntaban.

Me dejaron en libertad
y cuando salí a la calle 
ya había llegado el otoño.

¿Y si les hubiera contado la verdad?

Explicarles que
los claros que antes había
detrás de la nubes 
ya no están,
y en su lugar
sólo hay nubes
y más nubes,
porque ahora todo, 
absolutamente todo, 
funciona al revés y para mal.

Que la alegría me desanima
(no puedo verte disfrutándola)
la tranquilidad me pone nerviosa
(¿qué paz puede haber si no estás?)
lloro mucho sin derramar lágrimas
(y se me van acumulando dentro)
olvidé cómo se duerme por las noches
(¿qué sentido tiene despertarse mañana?)
quiero gritar pero me quedo en silencio
(ningún sonido tiene más decibelios)
arroz, queso o tomate, todo me sabe igual
(el amargo es el único sabor que distingo)
hablo y hablo pero no digo nada
(aprendí a ocultarme tras las palabras)
tu vida ya no existe ni existirá
(y esa certeza tan simple cada día me hunde un poco más).

Podría haber alegado
en mi defensa
que el duelo es dejarse reventar 
como la ventana
de un autobús
en caso de emergencia, 
es saltar a una calzada
llena de coches 
que te van a atropellar,
y caminar sin zapatos 
sobre los propios pedazos
–a veces poco a poco,
otras rápido–,
y comprobar que los cristales 
siempre cortan igual.

Es no sentir nada
y exaltarse de forma exagerada.

Es evitar dar pena
y exigir un trato especial.

Es necesitar ayuda
y rechazarla cuando te la dan.

Es que cualquier cosa 
y nada
pueda herirte.

Porque lo que está quebrado es frágil
pero es imposible romper
lo que ya estaba roto
antes de empezar.

Es volverse loca
y charlar contigo a todas horas
mira qué tortilla, ¡he mejorado!
tío, este wi-fi va muy lento
o esto lo haré a tu manera
comentarte lo que sea,
aunque estés muerto.

Y lo que más duele
no son los grandes golpes
como que sobre una almohada
o cenar sola cada noche
o que lleguen cartas a tu nombre
o ver a papás por la calle
con sus hijos de la mano
o los recuerdos y fotos 
que confirman
cuánto mejor fue el pasado
o bajar a la compra
y volver con la mitad de bolsas.

Lo que mata
son los detalles
más insignificantes
para los que he desarrollado
una memoria sobrehumana.

Es distinguir por defecto
la historia de cada objeto
que me cruzo por la casa,
cuándo y por qué llegó
a nuestras vidas
y qué hacíamos ese día.

Es echar de menos
esas cosas tuyas
que ya no están,
saber perfectamente
cuáles eran, 
qué hice con ellas,
a quién se las di
y desear 
que me las devuelvan.

Es saber que hoy enciendo el horno
por primera vez desde que te fuiste,
pero que aún no he puesto en marcha 
la secadora,
ni la tele de la habitación,
tampoco el equipo de música, 
y miro el mando del cajón
sin atreverme a tocarlo
por si me fuera a quemar.

Y es soportar,
cada día
las llamadas perdidas
de compasión 
¿Cómo estás?
¿Cómo estás?
¿Cómo estás?
¿Cómo estás?
que me agarran 
por el cuello
y me obligan
a ponerme
de rodillas.

Es odiarse
por no tener
ni un minuto 
de tregua
y culpabilizarse
por respirar
cuando algo sale
como esperas.

Es evitar 
a toda costa 
compartir lo más profundo,
(eso sería traicionarte,
sólo a ti te pertenecen mis secretos)
y utilizar la rabia de mi desgracia
contra los que más me quieren
como si fueran un saco de boxeo.

Es disimular
que sufro
y sufrir
por si se nota
que disimulo
y aguantarse
para siempre
las ganas 
de llorar
en público.

Hasta que, 
de pronto,
es sorprenderse
ante la delicadeza 
de aquellos que,
como por arte de magia,
llegan a lo que queda de mí
sin tener que dar rodeos
y me provocan
la sonrisa
y me tienden la mano
con ternura
para que me ponga en pie.

Pero por encima de todo
el duelo es 
no hacer nada,
es rendirse,
tirar las armas,
poner las manos en alto,
y, mientras tanto,
intentar escribir
un poema
pero que ni un verso
se acerque 
lo más mínimo
a todo lo que siento 
en el alma.

¿Con qué fin?

Si el poema 
más triste
ya está escrito:
empieza justo 
después de ti
y nunca se acaba.