martes, octubre 28, 2014

Detrás de las nubes



El primer bocado
lo di en el Empordà
y no paré de morder los días
hasta llegar a la costa 
más al sur de la Península
donde engullí
lo último que quedaba.

Me costó el peor
de los empachos,
pero me tragué el verano
de punta a punta
y sin masticar.

Cerré los ojos
y fueron pasando,
uno a uno,
sus treinta y cinco soles
y sus treinta y cinco lunas,
litros de agua de piscina,
del mar y del océano,
diez kilos de arena fina,
siete de arena gruesa,
cincuenta y ocho mosquitos, 
una abeja,
seis horas de tramontana,
dos o más de levantera,
tres camas individuales
y cuatro vuelos en avión.

No es que quisiera huir
ni que buscara nada
ni que pretendiera encontrar 
algo de lo que me falta,
sólo tiré los dados 
tantas veces como pude,
–mover ficha y despistar–,
para lograr que mis piernas,
por una vez,
fueran más rápidas
que mi cabeza
y dejar de acumular 
tantas preguntas
sin respuesta.

Durante un mes, 
funcionó.

Pero al regresar 
a nuestra casa
todos los interrogantes
que había abandonado
sin piedad
me esperaban agazapados 
como facturas urgentes
tras la puerta
y se sumaron
a los que traía
de regalo
en el bolso
y las maletas.

No me quedó más remedio 
que pagar
mis deudas
bajando la mirada
con vergüenza,
admitir que fui cobarde
y dejarme atar en una silla
con la luz de un flexo
apuntándome a la cara
las siguientes tres semanas.

Estuve muy quieta,
abrí mucho los ojos,
pero ni así pude responder
a nada de lo que me preguntaban.

Me dejaron en libertad
y cuando salí a la calle 
ya había llegado el otoño.

¿Y si les hubiera contado la verdad?

Explicarles que
los claros que antes había
detrás de la nubes 
ya no están,
y en su lugar
sólo hay nubes
y más nubes,
porque ahora todo, 
absolutamente todo, 
funciona al revés y para mal.

Que la alegría me desanima
(no puedo verte disfrutándola)
la tranquilidad me pone nerviosa
(¿qué paz puede haber si no estás?)
lloro mucho sin derramar lágrimas
(y se me van acumulando dentro)
olvidé cómo se duerme por las noches
(¿qué sentido tiene despertarse mañana?)
quiero gritar pero me quedo en silencio
(ningún sonido tiene más decibelios)
arroz, queso o tomate, todo me sabe igual
(el amargo es el único sabor que distingo)
hablo y hablo pero no digo nada
(aprendí a ocultarme tras las palabras)
tu vida ya no existe ni existirá
(y esa certeza tan simple cada día me hunde un poco más).

Podría haber alegado
en mi defensa
que el duelo es dejarse reventar 
como la ventana
de un autobús
en caso de emergencia, 
es saltar a una calzada
llena de coches 
que te van a atropellar,
y caminar sin zapatos 
sobre los propios pedazos
–a veces poco a poco,
otras rápido–,
y comprobar que los cristales 
siempre cortan igual.

Es no sentir nada
y exaltarse de forma exagerada.

Es evitar dar pena
y exigir un trato especial.

Es necesitar ayuda
y rechazarla cuando te la dan.

Es que cualquier cosa 
y nada
pueda herirte.

Porque lo que está quebrado es frágil
pero es imposible romper
lo que ya estaba roto
antes de empezar.

Es volverse loca
y charlar contigo a todas horas
mira qué tortilla, ¡he mejorado!
tío, este wi-fi va muy lento
o esto lo haré a tu manera
comentarte lo que sea,
aunque estés muerto.

Y lo que más duele
no son los grandes golpes
como que sobre una almohada
o cenar sola cada noche
o que lleguen cartas a tu nombre
o ver a papás por la calle
con sus hijos de la mano
o los recuerdos y fotos 
que confirman
cuánto mejor fue el pasado
o bajar a la compra
y volver con la mitad de bolsas.

Lo que mata
son los detalles
más insignificantes
para los que he desarrollado
una memoria sobrehumana.

Es distinguir por defecto
la historia de cada objeto
que me cruzo por la casa,
cuándo y por qué llegó
a nuestras vidas
y qué hacíamos ese día.

Es echar de menos
esas cosas tuyas
que ya no están,
saber perfectamente
cuáles eran, 
qué hice con ellas,
a quién se las di
y desear 
que me las devuelvan.

Es saber que hoy enciendo el horno
por primera vez desde que te fuiste,
pero que aún no he puesto en marcha 
la secadora,
ni la tele de la habitación,
tampoco el equipo de música, 
y miro el mando del cajón
sin atreverme a tocarlo
por si me fuera a quemar.

Y es soportar,
cada día
las llamadas perdidas
de compasión 
¿Cómo estás?
¿Cómo estás?
¿Cómo estás?
¿Cómo estás?
que me agarran 
por el cuello
y me obligan
a ponerme
de rodillas.

Es odiarse
por no tener
ni un minuto 
de tregua
y culpabilizarse
por respirar
cuando algo sale
como esperas.

Es evitar 
a toda costa compartir
lo más profundo,
eso sería traicionarte
(sólo a ti te pertenecen mis secretos)
y utilizar la rabia de mi desgracia
contra los que más me quieren
como si fueran un saco de boxeo.

Es disimular
que sufro
y sufrir
por si se nota
que disimulo
y aguantarse
para siempre
las ganas 
de llorar
en público.

Hasta que, 
de pronto,
es sorprenderse
ante la delicadeza 
de aquellos que,
como por arte de magia,
llegan a lo que queda de mí
sin tener que dar rodeos
y me provocan
la sonrisa
y me tienden la mano
con ternura
para que me ponga en pie.

Pero por encima de todo
el duelo es 
no hacer nada,
es rendirse,
tirar las armas,
poner las manos en alto,
y, mientras tanto,
intentar escribir
un poema
pero que ni un verso
se acerque 
lo más mínimo
a todo lo que siento 
en el alma.

¿Con qué fin?

Si el poema 
más triste
ya está escrito:
empieza justo 
después de ti
y nunca se acaba.

martes, junio 17, 2014

Veranotoñinviernoprimaverano



pero

dónde he estado
en el último año

quién he sido

qué cosas
me han pasado

qué hacías
mientras buscaba ahí fuera
la manera equivocada
de escapar

empeñada en alcanzar
un lugar
que ya nunca más existirá

siguiendo por inercia
la misma carretera

esa que antes
siempre iba derecha
a mañanas mejores
y yo no tenía más que sentarme
y escribir: "soy el copiloto"

pero

cómo me has dejado dormir tanto

¡un año!

lo siento

gracias

pero

ya va siendo hora
de apretar el freno
bajar de este coche
cogerte fuerte de la mano
cambiar de sentido

pronto aprenderás a caminar
y para eso necesitas un camino

ya va siendo hora
de que seas tú
quien se deje llevar
quien pregunte:
"¿cuánto falta?"
de marcharnos juntos
de momento a pie
dando un paseo

no hay prisa
tenemos tiempo

toda la vida
para descubrir
dónde queremos ir

y llegaremos

domingo, mayo 18, 2014

Aguacates




Me recuerdan tanto a ti los aguacates.

El buen tiempo los ha traído a la nevera
de la casa en la que convivimos ahora
mi madre
nuestro hijo
tu karma
y yo.

La misma casa de la que dije que me iría
en el mes de enero
pero en la que ayer se cumplieron
seis meses,
    con sus días
    y sus noches,
de destierro.

Podías predecir
de un solo vistazo
si estaba verde
o maduro.

Lo partías en dos mitades
exactamente iguales
y con la precisión
de un cirujano
depositabas
una cantidad idéntica
de medias lunas concéntricas
a cada ladito del plato.

Ni un trozo más fino o más grueso que el otro.

Reservando siempre el hueso
para que no se pusiera negro.

Al final me lo he comido
suspirando,
peor pelado
y cortado irregular.

Me ha sobrado una mitad
y ahí sigue atragantado.

Si regurgito lo bueno,
imagínate lo malo.

Como mis defectos y mis puntos flacos,
   el deterioro,
   lo agrio,
que tu ausencia saca ahora a relucir.

Todo lo que tú contrarrestabas
   sin esfuerzo
   tan natural
con tu amor puro y desinteresado.

De todo eso me quiero deshacer
porque no quiero
   –o no me creo–
que nadie más 
lo ame otra vez.


lunes, abril 28, 2014

Tanto



Tantas cosas
en las que pensar
y sólo una cabeza.

Tantas lágrimas
para dos ojos
tantas veces
incapaces
de llorar.

Tanto cuerpo,
con tanta vena
tanta arteria
y tanto capilar,
para que 
no llegue
la sangre
al corazón.

Tantos
sentimientos
acumulados
esperando
en el esófago
a que reviente
de una vez
el estómago.

Tantas palabras
tan complicadas,
tan largas,
tan afiladas
tan sinceras,
que jamás
podrán salir
por esta boca
tan pequeña.

martes, abril 15, 2014

Ya



Lo he hecho,
lo he intentado,
te lo juro,
lucho,
sonrío,
me lo trago,
salgo al barro,
me mancho,
escribo,
trabajo,
bebo vino,
hablo.

Incluso
he bailado.

Pero empiezo a no poder.

Ya hace mucho de noviembre.

Vuelve,
por favor,
vuelve.

Ven
que se hace tarde,
estoy cansada
y quiero irme
a casa.

Cojamos al niño,
vámonos rápido
sin hacer la maleta.

A la francesa.

Sólo
sácame
de aquí.

¿Qué más
tengo que hacer
a cambio?

Lo que sea,
pero vuelve
y abrázame
muy fuerte,
y llévame
de vuelta
al único lugar
en el que
quiero estar:
contigo.

martes, abril 01, 2014

+ y –



Me gustabas sano
Me gustabas enfermo

Soltero
Casado
Guapo
Ojeroso
Cachas
Flaco

Feliz
Resignado
Soñoliento
Insomne
Despierto
Medicado

Vestido
Desnudo
Hambriento
Vomitando

Relajado
Nervioso
Energético
Agotado

De traje
En pijama
Afeitado
Con barba

Con lentillas
Con gafas
En la playa
En la cama

Los fines de semana
Los días de cada día
Por las mañanas en casa
Solo en un box de noche
Haciendo miles de planes
Desmenuzando el momento
Con el futuro por estrenar
Sin más prórrogas ni tiempo 

Nunca te vi triste
ni poco sonriente
pero me hubieras gustado
igualmente

siempre

de cualquier manera

Me gustabas mucho vivo
Me sigues gustando muerto

viernes, marzo 28, 2014

Números



En diez días
la carne cicatriza.

En catorce palabras cuento
que nos tocó cruzar al infierno
por un túnel maldito.

Necesitaría cien almas para sentir
que puedo ser tan feliz
como lo fui contigo.



sábado, marzo 22, 2014

a la hora del miedo



Te mareaste en la gammagrafía
y te subieron desde el sótano en camilla
a la tercera planta del hospital.

Urgía hacerte una transfusión.

Pero ya era viernes y se iban de finde
los doctores y enfermeras de Oncología,
por lo que nos mandaron a urgencias
un poco de malas maneras.

Otra vez a la cola de horas
-incómoda y deprimente-
que llevábamos haciendo
durante semanas.

Lloré desesperada de vuelta al ascensor
y tú repetías con un hilo de voz:
“No pasa nada, tranquila”.

Al cabo de un rato, 
en la sala de espera,
volvimos a sonreír.

Encajando la penúltima patada
en el vientre.

Faltaba sólo un golpe para que te fueras.

Y a la hora del miedo
me sigues cuidando
desde el otro lado.




martes, marzo 11, 2014

amort. m.



L'home que em donava vida
ja no hi és.

I jo només sento
amort.



viernes, marzo 07, 2014

arte



No puedo.
Sí puedes.
Que no.
Que sí.

Y al final siempre ganabas.

Pero ahora no te tengo
para decírmelo,
repetírmelo
y empujarme a luchar
contra el pánico escénico
que me provoca
la vida.

Estaba dispuesta
a quedarme sentada,
cruzarme de brazos,
tirar la toalla.

Si fracasé
en la guerra,
¿por qué
enzarzarme
en una batalla
que empieza
y acaba
en el bando
de los perdedores?

No sabía que,
cuando aparece The End
en la pantalla,
de pronto,
unas manos amigas
acuden a tu rescate

y la amistad
cambia el no por el sí
                   –igual que tú
                   lo hacías por mí–
para que puedas,
para que ganes,
transformando
la cadena perpetua
del dolor
en una obra
eterna
de arte.


miércoles, febrero 26, 2014

vivir o no hacerlo



escribir
o quitarme la ropa
da igual

o contar cosas sobre ti
(cosas grandes,
cosas pequeñas)
que nadie va a entender

lo veo en los ojos
de los figurantes
de esta realidad
(a la que no puedo
acostumbrarme)

o pretender multiplicar
el factorial de cien

atrapar el resultado
de ese cálculo imposible
(con el fin de traducir
en un número el dolor)

da igual

pues no me acerco
ni un pasito
al vacío que has dejado
cuando te explico

da igual

pues mis nociones
de matemáticas 
jamás resolverán
la cifra que cuantifica
el yugo que lleva mi alma
como una mochila

si lo lograra,
tal vez,
se enamorarían
de ti también

(como yo)

si lo sintieran,
tal vez,
gritarían y querrían
desaparecer

(ajá)

hablar
o quedarme muda
da igual

(nada cambia)




miércoles, febrero 19, 2014

anagrama



M A R Í A L E A C H

H A C E L A R I M A

C H A R L I E A M A

(a m é a c h a r l i)

(m e c h a l a r í a)

H A C I A E L M A R

H A R É L A C I M A




martes, febrero 18, 2014

3m



–¿Cómo estás?–

Prefiero no hablar.

Recito una frase neutra,
remato con un silencio
y desvío la mirada.

Punto final a la charla.

Para contestarte
antes tendrías
que venir a mi cama
cada mañana 
y tocar la funda
de mi almohada.




viernes, febrero 14, 2014

Por defecto



Estás instalado
en mí.

Dentro de mi piel
está tu cuerpo.

Tu cerebro
en mi cerebro.

El corazón
que agotaste
late de nuevo con el mío
al mismo tiempo.

No necesito abrir la boca
para hablarte a cada rato
y noto cómo sonríes
cuando sonrío
al contemplar las monerías
del pequeño Nicolás.

Lo que me pasa,
lo que toco,
lo que hago,
lo que veo
lo que digo,
todo lo compartimos.

Siempre estoy contigo.

Pero hay momentos
en los que una tercera persona
reclama tu lugar.

Es la otra,
la intrusa,
la impaciente,
la traidora,
la que no sabe esperar
y ya empieza a construirse
justo después de ti.

Ella no te busca
en cada rincón,
ni se tortura
con tus recuerdos,
ni encuentra
en cualquier excusa
la oportunidad
para evocarte
una vez más,
porque se calla
y se da la vuelta
en cuanto apareces.

A esa otra
no le importa
qué paso,
le da igual si sufro
un infierno en vida,
si tengo un tiro en el ala
y jamás volveré a volar.

Ella sólo sabe
mirar hacia delante
y está aprendiendo
a arrastrarme
por el mundo
raro
sin atractivo
que dejaste atrás.